29 de diciembre de 2006

29 de diciembre

A principios del siglo XXI los europeos gozan de su herencia. Realmente saben administrar bien el legado recibido, con esa gracia rotunda de la ciencia filológica. Kant, Nietzsche, Heidegger, más, mucho/s más, escriben en el espejo y para el espejo del hombre del siglo XXI. Aunque la ciencia filológica no ha conseguido lo principal que se espera de los libros, que sean leídos...

El hombre-enfermo de principios de este siglo (si no de todos los principios de siglo, superstición pequeña del milenarismo, o anticipación del gran momento) va entrando en la sala de los espejos, inmensa; van llenando la sala, nuestros pacientes, los filólogos-filósofos. No se puede decir qur vivan mal, ni que sean pocos, porque el gran recinto de los espejos está completamente lleno, al momento. Si alguien pasa junto a la puerta de entrada escucha un runrún de apariencia musical (estos enfermos gozan de buena salud: ¿cómo no llamarlos malvados, o hipocondriacos?). Quizás se asustara si supiera que se trata de los discursos internos de los filósofos, que negocian, siempre lo hacen, el sujeto y la verdad. (Para todo eso tiene que guardarse de que se infiltren los teólogos, en discursos o en persona, pero es difícil evitar el contagio, el contacto; también el de los ministros de la falta de fe, los políticos profesionales; demagogos o mistagogos: ¿qué más da?) El recinto de los espejos -se habrá reconocido que ahí vive la filosofía, aunque no se de mucho a ver-, aun lleno, sólo alcanza a una minoría insignificante de la humanidad. Y todavía no se ha propuesto, como ocurre con religiones jóvenes, potentes y totales, la entrada por turnos en el sagrado habitáculo del saber. De ese modo, si las gentes que por vocación se quedan fuera, o pasan de largo, sintieran sobre sus espaldas el peso de la obligación, esas gentes, ahora mismo indiferentes, sabrían valorar una ocupación en la que les puede ir la vida. Dirían maravillas de la educación y de la libertad... Se equivocarían, porque los filósofos argumentan por circulares (también esas circulares petrificadas que son las cátedras, nada más que asientos), y si lo que hablan es como si cantaran, es nada más que para engañar. Lo llaman convencer, y para ellos consiste en salvar la reflexión de sí misma, construyendo unos espejos de materia más fina y reflexionante. Los que entran se hacen loas de los rayos cruzados de los conceptos, de la ingeniería filosófica. (Es terriblemente hermoso ver que la inteligencia consiste en producir cosas, en soberbios tonos de gris metalizado, de azul eléctrico, de negro sin parangón en el mundo, más negro que noche eterna y final.) Esta luz sí se expande sobre el mundo, en sabias cuotas mensuales, para que la cantidad de cosas de que soy informado (¿las aprendo?, ¿me informo?) me lleven por el camino feliz del consumo de las prácticas cosas (las prágmata) que me van a reembolsar con una belleza novedosa y superior otras informaciones de las que me acabo de hacer digno (pues a través de la tecnología me he convertido en un ser merecedor de dicha, aunque a ratos odie esta ilustración fría como sopapada).

-Pero los filósofos no son ingenieros -se dirá.
-No, ni siquiera del alma. Su mérito no está en la sala de máquinas, sino en la creación de una atmósfera, de un ambiente. Empezaron doblegándose, cuando habrían podido oponerse. Quisieron un amor fácil y tranquilo, en lugar del que fracasa.

***

(Murcia)

El viajero se desprende de una ilusión, busca un refugio y encuentra una profundidad sorprendente (perdonad que no me explique). Le ocurre siempre igual, hallar lo vivo en un rincón, a la espera. Asombrado por el orden de la ciudad, que ve siempre como si fuera la primera vez -al acercarse en el coche, desde lejos, le asusta y le admira la mole de los edificios-, puede prescindir momentáneamente de la sequedad de sus informes, recuerdos desvaídos de cómo se conjugaban libertad y verdad. Él tiene a esta última, lo cree a veces, por el aspecto eterno, el esqueleto que resta en la fuga histórica. Justamente ése es el problema, cómo deja perderse el movimiento de la libertad, su condición sanguínea inevitable.

El viajero tiene como mandato la discreción.

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