—¿Quién es? ¡Ah! ¡Pero si es la señora Beresford!
—Exacto. He venido para preguntarle si tiene usted a mano una Biblia.
—Una Biblia… —el sacerdote vaciló—. Una Biblia…
—Estimé que con toda seguridad la tendría…
—Claro, claro… En realidad, me parece que son varias las que tengo. También poseo un Testamento Griego. Me imagino que no es eso lo que usted querrá, ¿eh?
—No —contestó Tuppence, con firmeza—. Lo que yo quiero es la «versión autorizada».
—¡Oh! Desde luego, tiene que haber varias por aquí. Sí, varias. Siento decirlo, pero no utilizo esa versión en la iglesia, ahora. Uno se ve obligado a seguir las directrices del obispo, partidario de la modernización, de las novedades, amigo de la gente joven. Es una lástima, a mi juicio. Tengo aquí muchos libros, algo amontonados, además, viéndome precisado de colocarlos en dos filas en los estantes. No obstante, creo que podré localizar la que a usted le interesa. De no ser así, nos pondremos al habla con la señorita Bligh. Ella aquí lo hace todo, desde limpiar los jarrones, a veces, hasta colocar las flores.
(A. Christie, El cuadro)
