Viernes por la tarde.
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Me obsesiona la figura del Beato, por algo que dijo ella. En realidad no la figura del Beato, sino la del hombre bueno al que mataron, libre él de todo mal. Me imagino su caminar por esa tierra pelada y pobre que yo conozco, por donde tanto he andado, sobre todo en una época difícil. Alguna vez, acordándome del padre silencioso (no me refiero al cura), imaginaba el ruido de los disparos y el olor de la pólvora. Nada sabía del cura en esa época de los paseos, salvo lo que me había dicho ella en una conversación que no recuerdo (solo la mención del hombre bueno), pero que seguro que era sobre la guerra. Soy un hombre mayor y quiero poner orden en algunas imágenes, por esto me obsesiono. Esa tierra estéril me queda lejos, no en el tiempo, pero sí que me quedan lejos ellos, cada vez más. Entonces miro el otro cuadro, en el que enseña a un niño a leer, sin papel ni tinta, solo un palo y la tierra. Es esta bellísima escena la que me recuerda que yo no he apostatado, y pienso que también Él escribió en la tierra, y que un esclavo tampoco necesitaba más en la obra del Filósofo.
En ese momento la imagen celeste borra el horror del pozo, aunque temo que ha de volver si flaquea la esperanza.



