Quizás haya que conceder la razón a Nietzsche, que lógicamente no la querría: que la denuncia de los dioses paganos, de su monstruosa arbitrariedad e inmoralidad, su condición de genios malignos, corresponda -o sea, sirva de tapadera- a la consagración del espíritu ascético, a la renuncia existencial por desgaste vital. Dioses, espejo del ser, nullo modo su escamoteo.
En todo caso, en tal ascesis sobrehumana, en esos vuelos que aspiran al trasmundo, no veo yo más que una política bien terrestre.
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