A ver si nos enteramos : la unidad o continuidad de ethos y polis, vida privada y vida pública, puede ser orgánica, nunca totalitaria. Lo totalitario, qua invasión plena de lo privado por el Estado (¿cómo hablar de polis?), depende de la letal disolución del enlace entre vida particular y vida común. Esta ligazón es lo que inmuniza; su carencia, aquello que nos mete en problemas.
Entonces, o universalizamos el factum moral subjetivo, o fundamos un ámbito plural que asegure al individuo. Lo primero, antójase bien abstracto; lo segundo, responde a la vida vivida.
Pero no minusvaloremos el riesgo: la comunidad orgánica debe recordar siempre la condición libre de los sujetos de una ciudad que sea digna del nombre, seres frágiles y falibles, al margen de las doctrinas y los maestros de verdad.
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