De la censura qua ortodemagogia:
¿Cabe en razón y justicia que sean infamados los actores de poéticas ficciones y de dioses cubiertos de ignominia, y sean, en cambio, honrados los autores? ¿Por ventura se ha de adjudicar más bien la palma al griego Platón, que, organizando en su mente una ciudad ideal, creyó que debían ser expulsados de ella los poetas, como enemigos de la verdad? Este llevó con indignación las injurias que se hacían a los dioses y no se avino a que los ánimos de los ciudadanos se entregasen y corrompiesen con ficciones.
Coteja ahora la humanidad de Platón, arrojando de la ciudad a los poetas por obra de los ciudadanos que iban a ser engañados, con la divinidad de los dioses, apeteciendo en su propia honra los juegos escénicos. Aquél, aunque no persuadió con sus disputas, con todo aconsejó a la ligereza y liviandad de los griegos que tales cosas no se escribieran; estos otros, mandando expresamente que se continuara representando semejantes cosas, lo arrancaron a viva fuerza de la modestia y gravedad de los romanos. Y no tan sólo quisieron que se representaran, sino que se las dedicaran, que se las consagraran y solemnemente se las celebraran. ¿A quién, en conclusión, decretaría con más razón honores divinos la ciudad, a Platón, que prohibía tales torpezas y abominaciones, o a los demonios, que se gozaban en este engaño de los hombres, a quienes él no consiguió convencer de aquellas verdades? (CD, L. II, trad. BAC)
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