25 de enero de 2009

Quienquiera que toma decisiones...

... , igual que quien está dejando de fumar, tendría que pensar que es todo o nada. O sea: coger la segunda cartesiana provisional porque, al fin y al cabo, la tercera es la única verdad, o la inversa. Se puede dejar de fumar por pasos, disminuyendo la dosis. Pero no se pueden tomar decisiones por pasos, al menos en las cosas serias. La vida presenta una estructura dilemática o trágica, en sus líneas más generales, que es muy diferente de sus actos particulares. O sea: que es muy diferente una cosa de otra, que decidir es un asunto muy complicado...

(Ya me referiré al asunto de las proyecciones, a cómo una actitud general acaba por interpretar los hechos y su secuencia.)

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Qué insoportable la decrepitud, que a todos nos pone en la vía de las renuncias. Ciertas conductas nuestras ya nos resultan repulsivas o nos tendrían que resultar así, pensamos que somos empalagosos, que nuestras atenciones tienen que volvernos odiosos ante aquéllos... los jóvenes, los inexpertos pero benditamente espontáneos. Sin embargo, creo que incluso esto, la ganancia negativa de conocerse como extraño para la vida ascendente, algo de positivo tiene que tener... Que en esta dialéctica de la vida, en la que tú te retiras de los asuntos comunes con decisiones firmes y autocontrol (ya sabemos: la 2ª y la 3ª; en cuanto a la 1ª, nosotros no tenemos ya país), has logrado quizás evitar la necedad general del existir que acaba adhiriéndose como verdadera primera naturaleza a los actos del día y a los años que se levantan con ellos, más que sobre ellos. (Hasta que la muerte llega y entierra a un necio. El mismo que nació.) Pero yo no sé si se logra evitar nada, porque quizás lo único que se puede hacer es levantar acta posterior de los errores más o menos funestos cometidos...

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Y. la traviesa, Hamelin y el pueblo de los ratones:

Una conversación telefónica + un apunte en un papel + un comentario que no termino de escuchar bien + un cuento de Kafka + un nombre en el cuento de Kafka + lo que yo pienso de mí mismo

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Hay un momento en el que los ratones piensan que el gato se ha hecho su amigo. Así que no tendrían problema en salir de su escondrijo, abrir la puerta y ganar la calle. Llegarse a los parques donde los enamorados pasean su eterno error. Mi ratón, confiado como todos, no sabe que al final del paseo está el fin, y que ése y no otro es el objetivo sempiterno del gato. Tiempo al tiempo, nos sonreímos...

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La tentación asoma de vez en cuando, pero yo voy convenciendo a mi voluntad de que ella es la madre de mis juicios, que es una misma con la razón y que no puede cometer errores...

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Por la tarde:

Voces. Ruidos. El horror.

L. Bloy menciona, en seguramente muchas partes de sus Diarios, que Dios señala a sus favoritos mandándoles dolor. Pero él ya creía y puede interpretar lo que sucede como signos. ¿Dónde va quién no cree? Sus signos, si los hubiere, lo son de nada, de brutalidad.

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En Pessoa, esto es, en máscaras, en nadies del astuto Odiseo, tenemos parte de las respuestas para seguir indecisos: no sabemos cómo vamos a mantener firmezas cartesianas, si éstas corresponden a un plan, a ideaciones que son pensamientos, y éstos no tienen que ver con las cosas, los presentes, los instantes (Caeiro, que no existe, que es trasunto nada más, lo dice; hacemos como que lo dice)…

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