La cibernética hegemónica cayó en lo que para Hayek es el peor escenario filosófico posible, el síndrome de Platón, consistente en que se puede alcanzar un conocimiento absoluto a través de una categoría especial de personas. El nuevo Platón era Marvin Minsky, que no solo pretendía prever lo que iba a ocurrir, algo plausible dentro un modo limitado, sino que convertía sus previsiones sin base en profecías pseudocientíficas, que aderezaba con maquinaria de última generación y modelos matemáticos complejos. Minsky profetizó que «cuando los ordenadores tomen el control, puede que no lo recuperemos nunca. Si tenemos suerte, quizá decidan tenernos como mascotas»
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En una primera aproximación, el pensamiento de Hayek parece chocar frontalmente con el capitalismo algorítmico. Su crítica al racionalismo constructivista y su defensa del orden espontáneo descansan en la tesis de que el conocimiento relevante para la coordinación económica está inevitablemente disperso, es en gran medida tácito y no puede ser centralizado sin pérdidas irreparables. Los mercados, en este marco, no son meros mecanismos de cálculo eficiente, sino procedimientos evolutivos de descubrimiento que permiten articular fragmentos de conocimiento local imposibles de agregar conscientemente. Este argumento constituye el núcleo epistemológico del liberalismo hayekiano. (S. Navajas, "La mano invisible de Hayek dentro de un guante algorítmico")
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