La moralidad coherente es el refugio del idiota, del individuo que se aparta del común, de la urbanidad y ciudadanía.
El apolités desconoce las consecuencias de los actos, las tramas que destrozan la claridad cristalina de la convicción.
Decimos que en efecto, comentar en cristal, permite levantar edificios bellos y poco durables. Llámalo decadencia, y culpa, si quieres, a la coherencia de la perspectiva cristiana que no ve amigos y enemigos en la traza de las fronteras, sino hermanos porque hijos de un mismo dios (sive natura).
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