Si nuestra pretensión es caracterizar la era de la posverdad mediante una serie de rasgos: mentalidad tribal de nosotros contra ellos, distinción imposible de realidad y ficción, negación de una esfera pública de argumentación, deliberación y decisión, según la doctrina arendtiana*, la honestidad nos dicta lo siguiente: que una epistemocracia platónica (raíz o rizoma, tanto da) presenta esos mismos rasgos postveritativos: inexistencia de una comunidad ciudadana, de partida, en una sociedad estamental, empleo de mentiras piadosas o información directamente obturada, esprit de corps de la casta ideócrata.
Esto es, conocemos así la existencia de una demagogia de altos vuelos, nada populista en su pastoreo ciudadano. Aunque sabemos ya de la enemiga de Arendt hacia una politica de la verdad, tiránica antes que después. Una tiranía inspirada, como otras, en bellas narraciones, en una estafa.
Platón, a través de sus musas, radicaba la degeneración progresiva de las imperfectas ciudades en la incompetencia astrológica de los regentes de la polis virtuosa. Más racional, sin resabios operísticos, el comentador podrá anclar en la propiedad privada el origen de los desatinos que convergen en mentira y esclavitud.
Un cristiano dirá de la fragilidad del hombre, vocado a la postverdad por mor de su ser postedénico.
*Ciertamente que la politóloga que a su turno comenta y aggiorna a la discípula de Heidegger y Jaspers, escora su mirar, y ve bien a derechas exclusivamente. Pero vamos a dar por buena la fecha de nacimiento de la nueva mala era: Trump, 2016.
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