De quien se sostiene que defiende una verdad doble, aquella articulada a través del logos común contra aquella profética y sobrenatural, podrá asegurarse que está abriendo camino a una desagregación del cuerpo social, entre quienes dan y aprehenden razones, a un lado de la esfera, y quienes limitan su habilidad a escuchar relatos según la cosecha de la época, al otro. Entre medias, sin saber dónde mirar, hállanse personas que viven y hablan según lo probable, de modo que o desconocen las razones o no son coherentes en su sostén. Aunque al principio cumplen con su función de salvaguardia del orden, y las conveniencias de los pocos que conocen.
En comunidades así escindidas, sin campo dialógico en común, lo cual se consigue con la exclusión mayoritaria del saber riguroso, puesto que la mayoría se muestra inepta para alcanzarlo, la doxa se corona y circula como moneda venenosa por todos los caminos. Así que la voluntad incondicional de verdad se acaba trocando dialécticamente en el imperativo tribal de asentimiento, en. la exclusión en tanto pecador irredimible de quien difunde la más mínima crítica.
Definitivamente, segregar accesos a la verdad, escalonando piramidalmente a conocedores e ignorantes, es cercenar la libertad.
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