2 de noviembre de 2026

Del cainismo

Por fin lo pude ver in situ, la pieza más terrible del tríptico, figura icónica del cainismo nacional, plasmando la cadena de odio a través de las generaciones. El cielo plomizo detrás, el pozo a los pies del ahora beato, donde va a ir su cuerpo, entre otros, cuando los asesinos hagan su obra. Porque hay acciones, contra Aristóteles y Arendt, que no significan por sí mismas. Estás acciones valen por lo que producen. Su obrar es muerte.

[PS. Aclaro previamente la parquedad de mi memoria y entendimiento al atreverme a comentar lo que he visto. El tríptico de A. Gª Ibáñez es magnífico. En la primera pintura, el sacerdote sostiene la imagen de la Virgen en la fachada del Santuario, ante un par de fieles arrodilladas, con el monte al fondo. Así que el exterior pintado se integra en el interior, a la izquierda del altar. La imaginación puede jugar con espejos, de manera imperfecta, por la distancia temporal, un siglo entre el edificio pintado y el edificio qué contempla el visitante. El Beato es ajeno a su futura presencia en representación. Los muros del interior, hasta hace nada, permanecían vacíos. Queden para la reflexión estos abismos.

En el segundo cuadro, el sacerdote enseña a un niño, a la sombra de un árbol y con un cielo luminoso, azul y purísimo como es el de los campos de Almería. La luz, realidad y figura, santifica la doctrina en esta bella representación de la vida, encadenada al amor.

En la tercera pintura, unos miserables, desmentidos desde antes y desde siempre, a poco que pensemos un poco en el mensaje evangélico, en el camino de piedad y  verdad pintados con mano maestra.

Alguien muy cercano a mí, la más cercana, que ya no está, me contó del crimen cometido con un hombre ejemplar.]


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