Trabajar, vivir, mirar son las tres posibilidades que se abren existencialmente a la protagonista. Elige la última, la del testigo impotente, veedor de nada pero no desesperanzado. En efecto, la esperanza será un mal mítico, pero que no afecta a quien ha sustanciado el mundo en nada esencial, remitido a los someros datos de su realidad particular. Quien en su protagonismo se limita a testificar con los ojos, ha determinado su libertad en el camino de la vida contemplativa. Labor, trabajo y acción, enumeraba H. Arendt. Pero a la acción se ha renunciado por completo, quien mira hacia nada opta por ser finalmente nadie, por la impoliticidad más absoluta. Una salida coherente, alusiva y elusiva en un ambiente de realidad escamoteada como era el correspondiente a la experiencia histórica, paranarrativa, de la novela de Laforet. Decir sin hacerlo, invitando al pensamiento activo del lector inconforme. Recuerde, mediados de los 40.
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