11 de septiembre de 2006

September

I.
Vuelve, momentáneamente, el acordeonista loco a llenar la plaza con sus sonidos, ahora que está vacía de gente y de calor. Tampoco sé si atribuirme a mí la sonrisa demente: la duda de si el que juega, camina y habla no pone a la venta su razón.
II.
Se quiere la amistad o se quiere la ley. Ésta resulta siempre desabrida para nuestro paladar acostumbrado. Pero no se renuncia al pequeño privilegio, considerando que las formas abstractas pueden volverse un mundo de relaciones inhumanas.
III.
¿Quién necesita el calor, cuando toda guerra acaba en derrota y cualquier acto se resuelve en conflicto, en renuncia a seguir hablando: astucia de una fuerza que se quiere volver suave, despreciable?
IV.
(Espacio/tiempo)
Un ser en el mundo se da como ser entre otros: a algunos de ellos los emplea, quitándoles la razón, limitándolos al valor de uso (¿no es mejor que el valor de cambio?). En otros puede reconocerse, conflictiva o amorosamente. Sucede esto cuando, caído en el mundo, alarga la mano, y su esperanza. Lo que nos recuerda el estadio inicial en que apareció arrojado, en el suelo, expulsado. ¿De dónde? De ningún sitio, porque no cabe imaginar un paraíso, que desharía el problema (cualquier destino otro sería una nada, en comparación). Arrojado, más bien, a dónde: caído a la posibilidad, lanzado a ella -vacío, sí, y un vértigo-, un porvenir auténtico o utópico, según la clave: ese idioma ideológico que decidimos hablar cuando jóvenes y luego es tan difícil despegar.

No hay comentarios: