Un lugar interior, y nada más. Con la edad no es precisa la ceremonia de las palabras ni los abrazos. Los espejos señalan el deber de cada uno, ser o pensar. Un asunto diferente sería la vuelta atrás, los imposibles o los contrafácticos, imaginar la celebración a los veinte años, aunque nunca fueron reales. Entonces el colorido, los sonidos, las plumas en el pavo real, debían ser el centro rotundo de los significados. Porque yo no me imagino otro en el punto en que estoy. Intento verlo desde fuera. Ventajas de los años, virtud depurativa de las edades. Las décadas se suceden, circunvalando la constancia de los paisajes. Un interior, te digo, en la entrada misma del verano, a salvo del aturdimiento de colores y son, fuera del borde inquietante del agua de las piscinas. Siempre queda alguien a salvo, debajo de la pérgola, anotando impresiones abstractas, colocado en el punto intermedio entre nada y ser, en medio de un abismo doméstico. Nada trasciende demasiado nunca para los sujetos sin tiempo y vacíos. Son testigos gozosos, nada envidiosos de la superficie de un mundo que vive en presencia e irradia, testigos sin sufrimiento de esa libertad de pensamiento consistente en dejar ser, sin pretender descorrer velos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario