4 de junio de 2007

A propósito de...

... Lévi-Strauss (refiriéndose, creo, a su libro Tristes trópicos), Octavio Paz acoge la duda acerca de la escritura, la sospecha sobre su carácter principalmente dominador (en el doble significado del término "principio": a) en los orígenes del tiempo histórico; b) esencia, fundamento).

¿Cómo? La escritura que se reserva a unos cuantos, esotérica, señala directamente al ejercicio del poder sobre el resto de las personas, al dominio burocrático tiránico sobre la masa ignorante... del secreto, incapaz de distinguir -la masa- entre los trazos de los hombres y los trazos de las estrellas. La escritura masiva, exotérica, no aparece menos dañina: puesta al servicio de enormes poderes imperiales. Esto último nos resulta ahora mucho más familiar que cuando Octavio Paz escribió (en los 60) su libro acerca del antropólogo francés: debido a las influencias o efectos de la escritura electrónica, a la ambigüedad de su relación con la libertad.

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No sé: Neil Postman apuntaba hacia un significado emancipador de la cultura del libro, frente al poder de los medios masivos y técnicos. Octavio Paz mira hacia el otro lado: una opinión pública ilustrada y poderosa (democrática) se constituye en y a través del espacio de la palabra intercambiada en un escenario visible y físico; no a través de los textos y sus intenciones ocultas, resabios de un secreto.

Lo que ocurre es que el nacimiento del rétor pervierte la democracia en demagogia. Y si no mantenemos un único "trascendental", consistente en la fe incondicionada en que, por mucho que se estire la palabra "persuasión", la política de masas y el sentido torticero en el uso de las palabras es otra cosa radicalmente diferente (de la verdad que persuade... porque representa una evidencia), me parece que sería mejor convertir la filosofía en una filología que estudia una lengua muerta.

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(Ramón, un vecino)

Sin escritura yo no podría haberme acordado de este hombre educado y amable que vivía al lado de mi casa, y que, cuando ya debía saber que se iba a morir, no se dirigió a mí ni con un mal gesto. No hacia mí, sino un gesto que mostrara el mal interior. Para él debía ser -todo aquello-algo que no era suyo, sino perteneciente a la muerte, ajeno a sus días: de los que era el único depositario, hasta que no tuviera más remedio que encontrarse con ella. Lo que yo supe algo después, cuando me lo dijo mi hermano. Ocurrió en Francia, donde había trabajado y formado una familia.

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