16 de mayo de 2011

Gravedad de la existencia

Conocí a hombres que querían su dolor, que querían la herida. Y si la herida no estaba, allá que iban y la buscaban. No se distinguían estos seres míos por nada en especial. Ningún porte en el semblante, como se acostumbra a decir. Ni una voz arrastrada ni un velo invisible delante de sus ojos y una mirada perdida. Seres como tú y como yo, alguna vez temí ser de ellos, andando por sus días, soñando sus noches igual que todos. Su herida iba por dentro, callada como larva. Tímida, detrás de cualquier idea apenas se atrevía a asomar. Era, no más, una mariposa que adoraba la misma luz que la quemaba. Los conocí cuando yo era joven, hace diez años o una eternidad. En todas las estaciones y lugares por los que pasé. Hiciera frío o calor, allí estaban, en silencio, indistinguibles de ti y de mí. Sin poder renunciar al temor de ser yo uno de ellos y haberlo ya olvidado.