18 de mayo de 2011

Oído en el Club Social de La Alj.

Firmamos un contrato y se nos arruinó el negocio paradisíaco, caballeros. A partir de ahora sólo nos queda confiar en dios y en la Reserva Federal. Así como esperar que esos malditos ricachones podridos del norte vengan a comprar de nuevo nuestro sol y a quedarse con nuestras chozas.

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Se deja uno las pestañas en leer, los dedos en escribir y los codos en pensar, y la vida se escapa por todos los agujeros, sin dejar un solo charco en que podamos retozar y remojar nuestros pesares.

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La ciudad sana y veraz, la sociedad inocente, la "ciudad de los cerdos":

Pero Glaucón tomó entonces la palabra y dijo:
- A mi entender, regalas a estos hombres con un banquete sin vianda alguna.
- Ciertamente -contesté-. Olvidaba decir que también lo tendrán; y así, contarán con sal, aceitunas, queso, y podrán cocer las cebollas y verduras que produce la tierra. Les ofreceremos de postre higos, guisantes y habas, y tostarán al fuego bayas de mirto y bellotas, que acompañarán bebiendo con moderación. Y de este modo, luego de haber pasado la vida en paz y con salud, morirán, como es lógico, a una avanzada edad, dejando a sus hijos la herencia de una vida semejante.
A lo que él repuso:
- Si tuvieras que preparar, Sócrates, una ciudad de cerdos, ¿dispondrías de otros alimentos que los ya dichos? (Platón, República, 372d)

1 comentario:

José Antonio García Ramos dijo...

DEMOCRACIA REAL ,YA¡¡