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9 de diciembre de 2011
Estos muertos que vos matáis
Érase una especie que se era, que no llevaba más de cincuenta o cien mil años en la superficie de un cuerpo errante medio perdido en Nowhere, que decidió un día que el hombre era lo más digno, porque ya lo decía uno de sus relatos fundacionales, y que para qué iba a necesitar un dios, que no era más que un proyectar de la luz de la razón del hombre, dijo un tal Luis con arreglo a lo que había sostenido unas generaciones antes Renato de La Haya, un dios que según Carlos de Tréveris no hacía más que esconder en la faltriquera los intereses muy materiales de los adoradores nocturnos de la ópera (burguesía capitalista internacional). No escarmentaron los herederos de las tragedias que se acogieron, ¿lo querían?, a los quiliasmos encendidos de los profetas sin dios, y vinieron los neuroscientists, a lomos del dragón Darwin, un teólogo renegado que emprendió un viaje de estudios demasiado largos, a proclamar que el yo ha muerto cuando el cadáver del dios ya había dejado de heder, y que no había, definitivamente que no, un self sino un biós a caballo del azar y la necesidad, hecho de partes contables (¿contantes y sonantes?), según proporción que desconozco, de memes y de genes, que son como los bits de las máquinas sexuadas. Primero el dios y luego el yo. ¿Habrá de irse el mundo al cabo por el sumidero de los errores que debelan los magos en sus laboratorios? Quizás el universo no sea más que Maya, que en la caverna esté en síntesis la ontología plena, que ser sea ser percibido en una sala de espejos que nadie ha puesto.
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