20 de febrero de 2007

Amor patológico

(Leer despacio: a propósito de Manuel Castells, Observatorio global)

No olvida Manuel Castells la investigación básica, lo que tiene de juego especulativo, que no debe -en principio- rendir cuentas. Aunque sí al final, y no se ve claro de qué manera puede actuar el investigador libre que ha de ser evaluado -según sus resultados, según sus méritos. La teoría ha de quedar liberada en todo momento de la economía. Pero ésta es la opinión del filósofo. Desde Platón, si embargo, los filósofos están a sueldo, tienen que escribir, dar cuenta de sus hechos (¿dar razón?).

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El amor patológico kantiano equivale a la pasión ciega, esa inclinación invencible que no atiende a razones. Acaba mal. Por otra parte, la igualación de la caridad con el respeto que se le debe a la dignidad personal de los otros señala dos cosas: la sequedad del protestantismo, y la de la ciudad moderna. Ese amor ético no es más que la cortesía con los desconocidos, la tolerancia hacia los otros votantes (la ciudad representa un cuerpo de electores). Difícilmente la philía de las pequeñas urbes podría reconocerse ahí.

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Te aconsejan que dejes la lectura, que hables. Quizás llevan razón. El mundo se te convierte en historia -en relato, en letra-, y si es literaria mejor. Se contempla la vida en la autoficción, territorio mixto: un sujeto con su mundo, sin atreverse a contar la verdad ni a decir su nombre. ¿Lo tiene? ¿Es suyo?

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