1 de marzo de 2013

De Murcia ya

Recuerdo a Anaximandro y Heráclito, no sé muy bien por qué… La confianza radica en la comprensión de que existe una ley en lo alto o por sobre nosotros, la cual, si en ocasiones nos castiga, la mayor parte de las veces nos beneficia y no la notamos, de tan natural como el aire que respiramos que es. Vivimos sub lege y no mostramos agradecimiento. No hemos de quejarnos las veces que en apariencia nos perjudique, porque no decimos ni mu las muchísimas veces que nos acogemos a su manto protector. Dispone de nuestro tiempo, de la vida y la muerte. La conocemos bajo muchos nombres: ley divina, ley natural, ley de la ciudad, regla de la conciencia, imperativo o lumen rationis. Lo mismo da, y también que consideremos la eternidad de su validez o la reiteración circular de la norma y lo que cae bajo ella. Dionisos o el Crucificado, yo no veo la diferencia sino la pequeñez de los hombres intentando alzarse sobre su conciencia.

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Recojo los dos libros que había encargado: J. Casanova et. al, Morir, matar, sobrevivir, sobte la dictadura franquista (letra minúscula que me parece a mí que no voy a poder; ¿será ilegal fotocopiar para uno ele ejemplar que ha adquirido cumpliendo con todos los derechos de autor?); R. Huertas, Los médicos de la mente, sobre tres próceres de la psiquiatría, de distinto signo (Lafora, Vallejo Nágera y Garma); y añado el Otoño en Madrid hacia 1950 de Juan Benet, que incluye una parte sobre Martín santos. En las librerías hay muchos libros (me he fijado en alguno de Bolaño, de Ph. Roth, de Ch. Hitchens y de S. Jay Gould, pero no puede ser. Tengo muchísimo que termino y mucho por empezar, y los libros son baratos. Me he comprado una botella de Duff, la de Los Simpsons y no hago más que estornudar. Amanecí con dolor de cabeza y de barriga y no se me ha pasado del todo el malestar. Me asusto con cualquier cosa, y no digo con qué por si diera mala suerte. La ley, decía, está echada. Buenas noches, improbables lectores.

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