La democracia tiene muy mala prensa entre el venerable staff de la empresa dedicada al pensamiento. O se alejan de ella, temerosos de contaminarse, o quieren darle la vuelta, invertirla en una ilustrada tiranía. No, realmente la oclocracia atufa entre los biempensantes.
El reinado del pensamiento no admite que la ciudad quede representada por el abigarramiento de un bazar, sus olores y colores, y sus voces, tan variopintas, alegres en su ignorancia.
La demagogia, esa es la realidad, es conducción autónoma del demos descabezado, anarquía en sus cimientos. El demagogo, surgido de entre los Sofistas luminosos, vuelve el mundo a su quicio. El demos ya no conduce, es conducido.
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