El lector de Diarios (uno es de la secta de los de Trapiello, y no solamente) tiene su rara felicidad -son instantes, sin abusar; digamos su cuota- con el género: como una penitencia gratificante de comparar -yo contra mí en el arroyo del tiempo- o el imposible restablecer del tiempo por mor de un ilusorio, lo sabemos, rescate de impresiones. El Diarista, o su Lector, será ontoepistémicamente humeano, o no será.
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