Ciertamente un crimen es lo que es, cuando la muerte le viene a un inocente, de edad o de conciencia, que no sabe de sinrazones de políticas y sí de juegos y de sus padres y hermanos. Ningún católico, si lo es, ha de ponerse a favor de los herodes de este mundo. No son tantos, aunque los demás somos débiles y estamos demasiado cansados y miramos a otra parte (no somos malos, son nuestras escasas fuerzas, eso decimos).
Conocemos que un crimen lo es, cuando mana sangre de los inocentes, y una parte del desprecio que amerita el canalla, se revuelve en contra nuestra y nos cae como un pecado sobrevenido, una carga inmunda.
Realmente sí, quién mata a un niño, por su mano o por su arma tiene un nombre, y es el de asesino.
¿Qué nombre merecemos nosotros, los normalmente justos, que no acertamos a mirar el rostro del mal en sus hechos indudables? Algo se revuelve dentro, un asomo de piedad, sin alcanzar a entender del todo que es preferible sufrir injusticia a padecerla, ser el que muere antes que el que mata, y sin comprender del todo al que carga con la cruz hasta el límite de sus fuerzas y el temor de haber sido abandonado.
Ni la lanza del soldado, ni los hachazos sobre la efigie invertida del pobre crucificado (en una de las imágenes del día) van a servir para tapar la verdad: un crimen es odioso cuando recae sobre quien juega y ríe y nada sabe de ideas y creencias.
Y pedimos piedad para nosotros, corrientemente bondadosos, cuando no le damos el nombre correcto a las cosas vistas y oídas
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