El idiota se construye para el invierno, húmedo y frío y desconocido, un diccionario con sus propias voces. A su propio entender es tarea nada poco meritoria, si bien incomprendida por el común, que solo atiende a razones ajenas. No pretende el idiota originalidad absoluta en el sistema desordenado de su jerga. Se comporta como el mal botánico que arranca las plantas de raíz y luego las introduce en cualquier suelo. Ahí está el problema: ha trazado su propia sintaxis, pero no encuentra la semántica.
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