Escribir no sirve. Es dar puñaladas al aire y cansarse por nada y por nadie. Ves caer gotas de sangre, en cualquiera de las tardes soñolientas, y hasta que no tienes un espejo o alguien te habla no adviertes que está tu cuerpo liquidándose y que el espíritu, sus restos en esta época gris, adelgaza en la misma proporción en la que te vence la gravedad de la carne.
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